José María me habló de Blake. Yo no decía nada, sólo murmuraba una suerte de aprobación, para ocultarme, para cubrir mi profunda vergüenza, mi dolor de no poder partici-par de ese ámbito místico porque yo ya estoy muerta.
Después de muchas resistencias debo hablar de él, de él, a quien no quería hacer entrar en este cuaderno. Hoy dijo: «¿Y qué quiere? ¿Que la eche?». Ésta es la situación. Por eso no puedo hablar de Blake ni de nadie. Sólo un adherirse a un ser que no me estima, sólo un desgarrarme, un golpear del cora¬zón, sólo un no poder más, un reventar a gritos, a llanto, porque no puedo más, porque quiero su mano amiga y no la tengo.
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