Martes 5 de Noviembre de 1957

José María me habló de Blake. Yo no decía nada, sólo murmuraba una suerte de aprobación, para ocultarme, para cubrir mi profunda vergüenza, mi dolor de no poder partici-par de ese ámbito místico porque yo ya estoy muerta.

Después de muchas resistencias debo hablar de él, de él, a quien no quería hacer entrar en este cuaderno. Hoy dijo: «¿Y qué quiere? ¿Que la eche?». Ésta es la situación. Por eso no puedo hablar de Blake ni de nadie. Sólo un adherirse a un ser que no me estima, sólo un desgarrarme, un golpear del cora¬zón, sólo un no poder más, un reventar a gritos, a llanto, porque no puedo más, porque quiero su mano amiga y no la tengo.

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