21 de Julio de 1955

Despertar. Murmullo de pájaros. La ventana transmite una luminosidad tensa. Los pájaros continúan. Los siento enjaula­dos, por lo que me resulta desagradable su canto.

Conversaciones con mi madre. Hallo buena voluntad. Le mues­tro las reproducciones de Gauguin y Van Gogh. Le gustan. Sonríe ante los pechos descubiertos de las tahitianas. Acepta al arte y a los artistas, pero siempre que se den en otro planeta. Es decir, que no admite la posibilidad de mi realización literaria. ¡No! Son caprichos, vuelcos juveniles que ya pasarán cuando la experiencia nos traiga la expresión serena. Observa ingenua­mente que yo tendría que pensar más profundamente (¡Madre! ¡ Diste justo!). Le explico que aún no es posible. No acepta mis explicaciones. «No hay médico capaz de ayudarte, si no comien­zas tú primero.» (¡Madre! ¡Imposible!)

¿Cómo podría vivir sin este cuadernillo? ¡Imposible imagi­narlo!

La fotografía de Proust envuelto en un aterrador sudario. Cuando la vi por vez primera, pensé que llevaba un atuendo a lo oriental y que la imagen era un característico recuerdo de algún viaje por, supongamos, Biskra. Una vez rectificado mi error, sentí náuseas. Odio las fotografías de los muertos. (¡La de Claudel es terrible!) Claudel... recuerdo que no soporté su lectura. Exceso de universalidad. Pesadez.

Un día, A. Cuadrado3 me dijo que cada vez que muere un poeta, lee o relee toda su obra. Espléndido homenaje. El día que muera Arturo prometo leer su Soledad imposible, tan in­fantil e inmadura. ¡Arturo! Así como lo veo, con su hermoso pelo revuelto y las viciosas arrugas enrojecidas, ¡que fue com­pañero de armas de André Malraux, amigo de Federico, de Unamuno, de Neruda y de mil seres maravillosos! ¡Arturo, con la pluma de colegio y el vaso de vino tosco a su lado, escribiendo cartas de amor con letras lentas y ordenadas! Arturo tocando mis ojos y diciendo: ¡Alejandra! ¡Te arrancaré un ojo y pren­deré en el hueco un poema! 



3. Arturo Cuadrado (1901-1998), escritor y editor de origen español. A su llegada a la Argentina, en 1936, fundó la editorial Emecé y algo más tarde, junto con el pintor Luis Seoane, la editorial de poesía Botella al Mar, que a la fecha de su muerte llevaba publicados tres mil títulos.

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