Viernes 25 de Diciembre de 1959

He dormido once horas. El viaje a París se hace cada vez más posible: Quieren que me salve.
Salvarme, en mi caso, es salir de los ensueños. Amar la tierra, reconocerla y reconocerme.
Pienso en el día de ayer, y cómo estoy de enferma, cómo no puedo conducirme o contenerme o ser yo. Toda la mañana caminando, es decir, mi cuerpo caminaba, yo estaba lejos, en el país de la infancia, y vivía aventuras felices, hasta que al mediodía volví a mi casa, y me enfrenté con mi habitación silenciosa, llena de libros, de hojas sueltas con poesías escritas que me esperaban para que las corrigiera, y traté de sentarme y leer, pero no pude. Al final me senté en el suelo y leí el «pesa-nervios» de Artaud, que compré ayer, sabiendo que no debía hacerlo. Leí varias horas, con un silencio indecible: si hay alguien que puede o está en condiciones de comprender a Artaud, soy yo. Todo su combate con su silencio, con su abismo absoluto, con su vacío, con su cuerpo enajenado, ¿cómo no asociarlo con el mío? Pero hay una diferencia: Artaud luchaba cuerpo a cuerpo con su silencio. Yo no: yo lo sobrellevo dócilmente, salvo algunos accesos de cólera y de impotencia. Finalmente, arrojé el libro que me quemaba, hice un poema lleno de alaridos y me fui a la cocina a hundirme en revistas idiotas de cine y folletines y comencé a comer sin hambre. Después vino Nelly B. Me sentí tan culpable de recibirla habiendo comido tanto y leído tantas estupideces, que me sentí enferma y vomité.

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