7 de Diciembre de 1960

Me obsede lo que me dijo uno de los empleados de la sección Expedición. Le pregunté —mientras hacíamos paquetes— si no se siente muerto de fatiga por las noches. «Apenas llego me pongo el pijama, cocino las legumbres (porque yo las compro crudas), como, y enseguida me meto en la cama y leo, calculo...» Pero en francés era: «je lis, je calcule...». Todos estos días me pregunté qué podría calcular este hombre. Tiene voz de barítono, voz histérica, con inflexiones que asocio a los cantos napolitanos. Y dicho con su voz tensa: «je calcule»...
Ayer había un tartamudo en el hospital Saint-Anne. Casi afásico. Entró en la oficina de informes y habló muchas horas. Daba alaridos y daba como sirenas de barcos hundidos. Quiero decir, primero una e casi interminable, una e como un tren de diez mil vagones. Él aparecía cerca del tren, dispuesto a saltar y a meterse en uno de los vagones. Una vez que la e llegaba a una extensión insoportable, emitía una frase rápida y al instante no podía más y entonces de nuevo se bajaba del tren y construía una vía, un pasadizo, algo en que apoyarse, en que sentarse. (Yo lo escuché llorando.) Pero en verdad, si hubiera estado alguien conmigo, Susana por ejemplo, me hubiera reído como nunca, me hubiera reído como se reían las enfermeras.
Recordar que el viernes me sentí ángel. Locura furiosa.
Y fue a causa de mi enorme silencio interno, de mi éxtasis, de mi volar mientras hacía paquetes en la sección Expedición.
Y el sábado vino una voz que me dijo: Tú nunca morirás...
Una sola cosa sé: llegará la tranquilidad y llegará la paz. Y algún día no me importará nada.

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