Arturo me presentó a unos amigos suyos: «Ésta es Alejandra, la niña más dotada del mundo. Tiene todo lo que Dios puede conceder a un ser humano... y sin embargo, está siempre triste».
Uno de ellos dijo que mi tristeza se manifiesta más en los labios que en los ojos.
El mozo del café me preguntó: «¿Y? Hoy también opina que la vida es mala?». Y se rió bondadosamente. Yo lo miré y sólo se me ocurrió que usa dientes postizos. Me dio un acceso de risa.
Le dije a Arturo: «Usted me hace fama de melancólica». Contestó: «Es porque te quiero mucho». (?)
Una muchacha mordida y un aullido que quiere trascenderse y ser lo más universal posible
22 de agosto de 1955
Bar Florida, 14h
Lunes pasado y presente vertido en la taza de un café bebido en el bar Florida. La mirada del OTRO que está frente a mí impide el saludable esparcimiento de mi incoherencia. La taza de café brilla por el sol que se introduce mezclado a la luz artificial de los tubos fluorescentes. Mi almita gime contra el sol, enemigo de la angustia auténtica. El sol, como buen canalla que es, haciendo dorar los objetos, impidiéndome darles el color que a mí se me ocurra. Sí. El sol nos engaña a todos. El sol es una vil ilusión de felicidad. Lo odio más que nunca.
14.30 h. Bar Florida. Los mozos barren. Frente a mí, el OTRO embadurna medialunas. Ahora me mira. Ahora lo miro. Mi ánimo oye el volcar de las monedas, los platos con su sempiterna redondez, el ruido áspero y terrenal de la escoba. Y luego las agitaciones de ese demonio llamado sexo y las rotaciones de mi ser entre los polos opuestos de la angustia y la euforia. El otro se fue. Quedó una jarra plateada llena de agua. Los dados se agitan en el vaso de cuero, como pájaros esclavizados. Una voz grita: ¡Escalera! Lo repite empeñada en su batir estúpido. Siguen barriendo. Nos iremos a la biblioteca a estudiar. ¿Qué? ¡Lo que sea! ¡Lo que quieran! ¡ ¡ ¡ ¡«Voy diciendo por qué me dan así tanto en el alma»!!!!
Clase de Periodismo, 19.30.
18 h. Exposición de Spilimbergo.10 Sensación de dicha. Atiendo un cuadro que denota influencias de Picasso. Un rostro de mujer. Debajo hay algo gris que interpreto como una flor. ¡Qué hermoso! Me fijo en la ubicación de los planos. Como jamás vi ningún manual de pintura ni conozco la menor regla pictórica, exprimo mi sensibilidad para tapar mi ignorancia. ¡Crear! Sea en donde fuere, basta crear. Es lo que pensaba cuando caminaba por los kioskos de libros del Cabildo. La plaza en que están instalados es pequeñita y miserable. Sólo tiene unos arbolillos filosos y míseros. (Me pregunto para qué los han puesto.) Para que haya verde. Para que haya creación. Miro un arbolillo y le prometo crear, crear y crear. Ser como la naturaleza, creadora como ella. Paseo por la calle Florida. Rostro más rostros. Millares de mujeres con los labios pintados. Cada una tiene un rouge rojizo y un espejo. Cada una se ha plantado frente al espejo, se ha pintado cuidadosamente, corrigiendo con los dedos o con un pañuelito los errores cometidos. Algunas usan sombrero. Han cuidado de ponérselo bien, cosa que no esté ridicula. Luego una mujer embarazada que oculta su protuberancia abdominal bajo un amplio tapado. ¡No importa la estética! Procrear. Procrear. Pienso que cada hombre que pasa tiene un falo y en él varios seres en potencia. Pienso que cada mujer que pasa tiene su propio útero apto para portar seres. ¡Y siguen pasando! ¡Y siguen! Rostros. Todos iguales. ¡Hiergo [sic] mi cuerpo! Miro el cielo y me siento trascender. Me siento llamada, supremamente llamada. ¡He de crear! Es lo único importante en el mundo. Agregar algo. Dejar algo. En el kiosko veo un librito: Fausto de Goethe. ¿Qué importa que Goethe haya muerto? Allí está el testimonio de la realidad de su existencia. La muerte no puede contra él. Nada puede. Ni la guerra ni el avance atómico. Ni los burgueses en sus Cadillacs ni el portero que barre la vereda. ¡Oh, crear! ¡He de crear! Es lo único importante. Es lo único que queda. ¡Crear y nada más! ¡He de tapar el fracaso de mi vida con la belleza de mi obra! ¡Crear!
En un kiosko, mirando libros. El vendedor me habla. Dado mi acento, supone que soy europea. Me habla de «nuestra alta cultura». «Sí. Usted que es extranjera debe notarlo.» ¿Cómo explicarle que soy argentina? ¿Cómo explicarle mi extraño acento? ¿Por qué explicárselo? Me habla de la libertad sexual. (Todos se agarran de lo mismo.) Es bastante culto. Le digo mi edad; manifiesta la diferencia enorme entre una muchacha europea de diecinueve años y una argentina. ¡Qué inadaptada me siento!
En el Florida (17.30) encuentro a Dormusch. Le pregunto si lee filosofía. Esboza una expresión de repugnancia: «De vez en cuando, para matar el tiempo». Me siento desilusionada. Es inteligente. Pero ¡no me analizaría con él! Se va pues tiene que atender a un paciente: «¡Y bueno! Hay que ganarse la vida». Le pregunto si tiene muchos enfermos. «Lo suficiente. Sí. Da bastante.» Así va la vida, Alejandra.
¡Siento un gusto amargo! ¡Una sensación tal de pérdida! Antes estaba eufórica de alegría. Ahora le toca el turno a la angustia. Por un instante de dicha, mil días de tristeza.
Cuando caminaba hacia la escuela, un soplo de esperanza me inundó. Me vi caminando, sintiendo, mirando. Y me dije: ¡Soy leliz porque estoy viva! ¡Soy feliz de poder caminar y desplazarme hacia donde quiero! Soy feliz porque no estoy muerta, porque soy joven, porque crearé belleza, porque debo a la vida mucho, porque siento que me llama algo muy grande!
¿Por qué no me ubico en un lugarcito tranquilo y me caso y tengo hijos y voy al cine, a una confitería, al teatro? ¿Por qué no acepto esta realidad? ¿Por qué sufro y me martirizo con los espectros de mi fantasía? ¿Por qué insisto en el llamado? ¿Por qué me analizo? ¿Por qué no me olvido de mi alma y no es-l rujo el pañuelito húmedo leyendo Cuerpos y almas? ¿Por qué no me visto con elegancia y paseo por Santa Fe del brazo de mi novio? ¡Ah! Sé que la vida es muy breve. Sé que no soy eterna. Pero, en realidad, no veo la muerte. La veo lejana. Digo cuarenta años pero no los veo. Veo un espacio inmenso. Veo millares de días. Sé que hay tiempo. Sé que tengo tiempo. Sé que amo mi alma. Me amo a mí. Amo mi cuerpo y lo besaría lodo porque es mío. Amo mi rostro tan desconocido y extra-no. Amo mis ojos sorprendentes. Amo mis manos infantiles.
Amo mi letra tan clara. (¡Qué extraño que mi letra sea legible!) Es muy tarde. Estoy excitada. Deseo un cuerpo junto al mío. ¡Cualquiera! Cualquier sexo, cualquier edad. ¡Eso es lo de menos! Basta un cuerpo a quien tocar y que me toque. ¡Mi sangre galopa! ¡Ah! Deseo fervientemente. Me disuelvo en deseos eróticos. Nada de amor. No. Nada de eso. ¡Sí! Lo que yo quisiera es vivir mi vida diurna entre libros y papeles y pasar las noches junto a un cuerpo. Ése es mi ideal. ¿Es lascivo? ¿Es lujurioso? ¿Es estúpido? ¿Es imposible? ¡¡¡Es mío!!! Y con eso basta. Pero ¿dónde conseguir ese ser? Tendría que ser alguien como yo, que desee lo mismo que yo. ¡No existe! ¡Sé que no existe! Mi locura es única. ¡Mi originalidad! ¡Mi extremismo! ¿Qué será de mí? ¡No lo sé! ¡Sólo sé que no puedo más! ¡Que me muero de impotencia!
Me doy cuenta que no puedo seguir estudiando en la facultad. La chica de quinto año me enumeró los pensadores que más se estudian: Aristóteles, S. Tomás, Kant, etc. ¿Cómo forzar mi mente hacia ellos? Se me ocurre seguir Letras. ¿Cómo esperar cinco años para analizar a Faulkner? ¿Y por qué analizarlo? ¿Por qué leer a Moliere? ¿Por qué leer a Góngora? Me hacen llorar de hastío. Comparemos a Vallejo y a Góngora. Sí. Ya sé que son dos cosas muy distintas. ¡No! ¡No puedo! ¡No puedo! Recuerdo que cuando [ilegible] comenzó a analizar a Baudelaire, traté de leer Las flores del mal ¡y no pude! ¿Cómo leer a Hegel si una sola frase suya me hace sentir ratón o tizne arrebatado por el viento de los siglos?
¡ Ah! El título y los medios. Medios para defenderme en la lucha con (contra) la vida, para que no me pisoteen. ¡Bah! Jamás voy a morir de hambre. Me entristezco. Soy un ser sin futuro. Me dejo llevar. Debe ser por eso por lo que amo las hojas. Sin embargo, debo estudiar para decir que estudio. De lo contrario no valdré nada. Mi madre quiere que estudie. Quiere que tenga un título. (Sonrío despreciativa.) ¡Qué me importan los títulos! Digo que quiero ser escritora. ¡Bah! Son cosas al margen dicen. ¡Al margen! Ellos no saben lo que es llorar sobre una hoja vacía y llenarla pacientemente con signos creados por una misma. Parece cola de magia. Llenar un cuadernillo que estaba desnudo y triste. Darle vida entregándole lo mejor que una tiene dentro. ¡Ah! Escribir. ¡Qué bello es escribir! Hablando de escribir, ayer, leí un trozo de un libro de Azorín. Me retracto públicamente por mi desprecio hacia él. Es muy bueno. Tan claro. Tan simpático y limpio. ¡Tiene una tortura espiritual tan elegante!
Mi sexo gime. Lo mando al diablo. Insiste. Insiste. ¡Qué molesto es! ¡Cómo lo odio! Sexo. Todo cae ante él. Fumo para ver si se calma. Produce un alegre cosquilleo que recorre mi cuerpo. Dan deseos de tocarlo, de mirarlo, de ver de dónde sale ese latir tan independiente de mi querer. ¡Es tan dueño de sí! Cruzo las piernas. Se calma un tanto. Sexo. El eterno sexo. Digo que lo odio, pero algo lo quiero ya que lo mimo tanto. ¡Al diablo! Hablo de él como si sería [stc] algo verdaderamente independiente de mí. Vuelve a aletear. Es muy tarde y la angustia asciende de nuevo. Pienso en ÉL y lo deseo. Pero, no como antes. Creo que jamás desearé apasionadamente a hombre alguno. Quisiera ser hombre para tener muchos bolsillos. Hasta podría tener siempre un libro en un bolsillo. La ropa femenina es muy molesta. ¡Tan ceñida e incómoda! No hay libertad para moverse, para correr, para nada. El hombre más humilde camina y parece el rey del universo. La mujer más ataviada camina y semeja un objeto que se utiliza los domingos. Además hay leyes para la velocidad del paso. Si yo camino lentamente, mirando las esculturas de las viejas casas (cosa que aprendí a mirar) o el cielo o los rostros de los que pasan junto a mí, siento que atento contra algo. Me siguen, me hablan o me miran con asombro y reproche. Sí. La mujer tiene que caminar apurada indicando que su caminar tiene un fin. De lo contrario es una prostituta (hay también un «fin» [sic]) o una loca o una extravagante. Si ocurre algo, alguna aglomeración o un choque, y me acerco, compruebo que no hay una sola mujer. Hombres. Nada más que hombres. Me sube la angustia. Siento un espeso vacío y una gran oleada de euforia sexual. Esto me humilla. No quiero sentir deseos. Cada vez son más fuertes. Superan al cansancio.
10. Lino Spilimbergo (1896-1964), arrisra plástico argentino.
9 de agosto de 1955
Martes,
¡Al diablo! Siento un libro dentro de mí. Un libro que me atraganta. Un libro que me obstruye la respiración. Y yo no permito que salga. ¡No! Pero ¿por qué?
El humo carcomido por la noche. El aire mudo de inexplicable sonrojo. La ceniza árida en su despojo vital.
Comencé a leer un estudio sobre Antonio Machado. Me aburre. Su poesía es agradable, pero nada más. Supongo que la forma ha de ser exquisita, pero como yo no entiendo nada de gramática, me resbala. Me sorprende la rima. Me sorprende y me disgusta. Tiene algo de mágico, algo de melodioso que no carece de atractivo. Pero después de Vallejo, todo lo demás es llanto casual. Se me ocurre que algún día haré un profundo trabajo sobre él. Lo considero un deber.
Tengo reparos en seguir escribiendo este cuadernillo. El método que utilizo para escribirlo es éste: escribo sin pensar, todo lo que venga de «allá». Lo guardo. Al día siguiente, releo lo escrito y pienso.
Supero los reparos. Si no fuera por estas líneas, muero asfixiada.
Lo que ocurre es que estoy impresionada por lo que he leído sobre Proust. Lo encuentro prodigioso y genial, pero hay algo que me detiene y es su aspecto mundano. Sé muy bien que su menor gesto era terriblemente profundo. Veo su alma exquisita y rara. Pero me hubiese gustado más que todo ese mundo hubiese sido en su mayor parte creación de su imaginación y no documental.
¡Al diablo! Siento un libro dentro de mí. Un libro que me atraganta. Un libro que me obstruye la respiración. Y yo no permito que salga. ¡No! Pero ¿por qué?
El humo carcomido por la noche. El aire mudo de inexplicable sonrojo. La ceniza árida en su despojo vital.
Comencé a leer un estudio sobre Antonio Machado. Me aburre. Su poesía es agradable, pero nada más. Supongo que la forma ha de ser exquisita, pero como yo no entiendo nada de gramática, me resbala. Me sorprende la rima. Me sorprende y me disgusta. Tiene algo de mágico, algo de melodioso que no carece de atractivo. Pero después de Vallejo, todo lo demás es llanto casual. Se me ocurre que algún día haré un profundo trabajo sobre él. Lo considero un deber.
Tengo reparos en seguir escribiendo este cuadernillo. El método que utilizo para escribirlo es éste: escribo sin pensar, todo lo que venga de «allá». Lo guardo. Al día siguiente, releo lo escrito y pienso.
Supero los reparos. Si no fuera por estas líneas, muero asfixiada.
Lo que ocurre es que estoy impresionada por lo que he leído sobre Proust. Lo encuentro prodigioso y genial, pero hay algo que me detiene y es su aspecto mundano. Sé muy bien que su menor gesto era terriblemente profundo. Veo su alma exquisita y rara. Pero me hubiese gustado más que todo ese mundo hubiese sido en su mayor parte creación de su imaginación y no documental.
7 de Agosto de 1955
Encuentro unos viejos papeles escritos allá por el año 53 o 54. Me confunden y lastiman. ¡Cuánto adelanté! A pesar de la torpeza literaria que demuestran, hallo más coherencia que en los escritos actuales. Coherencia ingenua debida a la igno-rancia de muchas cosas esenciales. En esa época, pensaba que con conocer mi interior, ya estaba resuelta la duda antropológica: ¿qué es el hombre? Pensaba que la fe es importantísima. Pensaba que la muerte no es para mí. Ni la soledad. Ni el arte. D. M. me invitó a participar en un concurso literario, de cuyo jurado forma parte. Se me ocurre que no debo intervenir pues D. M. es pseudoclasicista y dijo que mis poemas: «son muy buenos, pero un tanto osados». ¡Osadía! Escribo como puedo. Jamás sería capaz de escribir un soneto ni una apología al jardín de esa plaza. Jamás sabría componer un alejandrino ni calcular una rima. No lo lamento, pues D. M. tampoco «sabría» hacer ninguno de mis poemas.
Caminando con A. Cuadrado. Alguien lo detiene. Es un hombre muy feo. Con el rostro escamado y la sonrisa tonta. A. C. me presenta «una poeta que comienza y un poeta que finaliza». Su nombre es J. Bioy (primo de Bioy Casares). Le sonrío mucho pues me da lástima. Se va. Arturo me dice que está loco. Que está internado en Vieytes7 y a veces sale para embriagarse y escribir. Me sube el llanto. Se me ocurre que es un verdadero poeta (los que sufren del dolor mundial). Contemplo a Arturo, tan seguro tan mundano («está loco, Alejandra, por culpa de una mujer como tú», dice, bromeando). Me asquea. Lo odio. Pienso en el poeta loco. Quisiera darle algo. Me estremezco. ¡El pobrecito es tan feo!
Hoy me visitó Claudia Bologna. La traje a mi cuarto con «malas intenciones». Me dijo que se siente indefinida, que no sabe qué hacer, que se aturde para vivir, que odia este país, que admira locamente a Francoise Sagan. La encontré parecida a mí, pero sin mis angustias y sensibilidad. Me causó cierta repulsión. Comencé a decirle que nada logrará bebiendo o besando jóvenes, que si desea enfrentar al mundo debe situarse seriamente ante él y sacrificar dolorosamente inmensos placeres. Que la vida es muy dura. Que es muy lindo aturdirse pero que a nada conduce. Que nadie está definido y que no se preocupe por eso. (Yo «creía» que se refería a su situación sexual. Se alegró terriblemente cuando le narré ese reportaje que hice a Mecha Ortiz.8 Manifesté también que el libro de F. Sagan9 no tiene mucha trascendencia. (Es cierto. Lo considero bueno para leer en el tren o en la sala de espera del dentista. No me identifico con él ni lo admiro.) Sólo me gusta el título y el pseudónimo de la autora (reminiscencias de Proust). Admití que tiene buena técnica novelística.
7. Así se llamaba el Hospital Psiquiátrico de Buenos Aires, hoy conocido como Hospital Borda.
8. Actriz de teatro argentina..
9. Bonjour tristesse, de Francoise Sagan, traducido al español ese año en Buenos Aires.
Caminando con A. Cuadrado. Alguien lo detiene. Es un hombre muy feo. Con el rostro escamado y la sonrisa tonta. A. C. me presenta «una poeta que comienza y un poeta que finaliza». Su nombre es J. Bioy (primo de Bioy Casares). Le sonrío mucho pues me da lástima. Se va. Arturo me dice que está loco. Que está internado en Vieytes7 y a veces sale para embriagarse y escribir. Me sube el llanto. Se me ocurre que es un verdadero poeta (los que sufren del dolor mundial). Contemplo a Arturo, tan seguro tan mundano («está loco, Alejandra, por culpa de una mujer como tú», dice, bromeando). Me asquea. Lo odio. Pienso en el poeta loco. Quisiera darle algo. Me estremezco. ¡El pobrecito es tan feo!
Hoy me visitó Claudia Bologna. La traje a mi cuarto con «malas intenciones». Me dijo que se siente indefinida, que no sabe qué hacer, que se aturde para vivir, que odia este país, que admira locamente a Francoise Sagan. La encontré parecida a mí, pero sin mis angustias y sensibilidad. Me causó cierta repulsión. Comencé a decirle que nada logrará bebiendo o besando jóvenes, que si desea enfrentar al mundo debe situarse seriamente ante él y sacrificar dolorosamente inmensos placeres. Que la vida es muy dura. Que es muy lindo aturdirse pero que a nada conduce. Que nadie está definido y que no se preocupe por eso. (Yo «creía» que se refería a su situación sexual. Se alegró terriblemente cuando le narré ese reportaje que hice a Mecha Ortiz.8 Manifesté también que el libro de F. Sagan9 no tiene mucha trascendencia. (Es cierto. Lo considero bueno para leer en el tren o en la sala de espera del dentista. No me identifico con él ni lo admiro.) Sólo me gusta el título y el pseudónimo de la autora (reminiscencias de Proust). Admití que tiene buena técnica novelística.
7. Así se llamaba el Hospital Psiquiátrico de Buenos Aires, hoy conocido como Hospital Borda.
8. Actriz de teatro argentina..
9. Bonjour tristesse, de Francoise Sagan, traducido al español ese año en Buenos Aires.
3 de Agosto de 1955
Despierto angustiada después de una noche llena de sueños desagradables y fantasías voluptuosas. Todo esto me indica hasta qué punto no acepto enfrentar la realidad del «medio». Solo me consuela pensar en el material literario que puedo obtener de estas veleidades de mi cerebro. Pero también está la sensación de pérdida de energía de la imaginación.
1 de Agosto de 1955
Me veo obligado ya a admitir que la ansiedad es mi estado genuino, ocasionalmente interrumpido por el trabajo, el placer, la melancolía o la desesperación.
C. Connolly
Luz de la mañana embebida en los ruidos cotidianos. Los ojos vueltos del sueño perciben asustados aún la Realidad que los sacude. Siento mi despertar como una adhesión de una hoja a «su» árbol, como mi volver a pegarme a la rama que me agitará arbitrariamente. Silencio de hoja matutina sin voz para sollozar la infamia de su inepcia. Silencio de tensión erguida en la sien del árbol. La hoja se agrieta al desmenuzar los días. El sueño lejano resuelve su espera en un rincón inhallable. Mis ojos que se agrandan confiados en el reconocimiento de los objetos cotidianos.
Despierto cansada y fría. La toma de posesión de una «libertad» exterior tan duramente lograda es triste. Pienso en mi vida condensada en un eterno intento de escudriñar mi yo. Libros y más libros. Hay momentos en que desaparece la esencia del libro, quedando solamente su ridículo cuerpecillo. Me veo entonces acariciando nebulosas hojas de papel y me pregunto si valen lo que una mirada humana. Me retuerzo en el interrogante axiológico. Pero ¡no necesito respuesta! Continúo leyendo; paulatinamente, desaparece el físico del libro. Me convierto en el receptáculo de su alma. (¡Oh, amo los libros!) Cada minuto que transita señala mi elevación.
Encuentro prodigioso con los momentos de mi vida. Hallo una continuidad confabulada para llevarme a la individualidad más estricta. Mis años aumentan en proporción a las lágrimas. Cada día agrega nuevas lágrimas a la síntesis de mi ser temporal. Lágrimas que son benéficas...
Pienso en mi neurosis. La odio porque no me permite pensar coherentemente. Acepto las angustias, extravagancias, sensaciones y explosiones más violentas pero... ¡a condición de meditar! No pido la lucidez de Descartes. ¡No! Quiero una ínfima cantidad de raciocinio que me permita decir ¡Alejandra, te estás engañando! ¡Quiero tener capacidad de elección! Se me ocurre que aún no debo comenzar la novela. Tiempo de madurar. Aún no rechazo íntegramente el mundo. Aún me aferró a los engaños gestadores de ilusiones fantásticas. Aún sopla en mí la optimista esperanza de hallar el puente transitable entre los límites y el infinito. Aún no tengo conciencia de la total impotencia del hombre. (O si la tengo, no me causa suficiente angustia.)
En busca del tiempo perdido, III (p. 277)
Aguante usted el ser calificada de nerviosa. Pertenece usted a esa familia magnífica y lamentable que es la sal de la tierra. Todo lo grande que conocemos nos viene de los nerviosos. Ellos y no otros son quienes han fundado las religiones y han compuesto las obras maestras. Jamás sabrá el mundo todo lo que se les debe, y sobre todo lo que han sufrido ellos para dárselo.
M. Proust
En una Biblioteca pública.
Acabo de hallar cuatro libros magníficos. Huelen a polvo y a magia. Adoro las viejas librerías. Lo que me deja consternada es la fecha de la impresión de los libros: Pensamientos de Pascal (1927). Diálogos de Leopardi (1931). Dostoievski por AndréGide (1935)... Es decir: ¡antes de mi nacimiento! ¡Cuando estaba en la nada!
Leo el diálogo entre «la naturaleza y el alma» de Leopardi. ¡Este hombre es un descubrimiento para mí! Me identifico totalmente con él. Y me rebelo con él. Siempre es el mismo interrogante: ¿de qué soy culpable?, ¿por qué este eterno sufrir?, ¿qué hice para recibir tanto golpe duro y malo?
SUMARIO 24 h.
9.45: Me despierto triste, relajada.
10: Leo a Proust.
11: Entra mi madre para comunicarme que la madre de Juan Arón ha muerto. (¿Por qué las madres de mis amigos o novios están muertas, mueren o son enfermas? Ej.: mi primer novio Raúl, cuya madre estaba enferma. Pedro, su madre murió. Luis, enferma de arterioesclerosis. J. A. murió.)
11.30: Almuerzo. Disensión con mi padre. Le noto histérico. Me complazco en agravar su malestar.
13: Sigo con Proust.
15: Es el Atelier. Espero a Arturo. Llega Raúl. Me besa emocionado de verme. Nos vamos a un café. Viene la hermana de Carlos (dieciocho años y ya está tramitando su divorcio. Le pregunto si está arrepentida de haberse casado. Responde que ¡ ¡siiií!! Me congratulo de mi renuncia matrimonial. Pero me gustaría tener como ella una experiencia tan interesante. Mi fervor desaparece enseguida. ¡Hay tanto que leer y escribir!). Simpatizamos enseguida. A veces me extraño de las simpatías que inspiro. ¿Cómo es posible? Pasa una joven muy hermosa. Raúl cuenta que es una prostituta a la cual teme, pues hace varios meses colaboró en el asesinato de un hombre y la policía le obligó a detallar sus «clientes». Felizmente, no lo nombró. Observo a Raúl. Sus ojeras violáceas infunden huellas viciosas en ese rostro infantil. Respira sexo y orgías sensuales.
Junto a mí, «la poetisa E A. P», desenvuelve su aspecto más limpio y conversa de libros y poemas. Está escribiendo una novela. Además estudia (entre suspiros) a Kant. Me admira que tenga tiempo para Volvemos al Atelier. Entra el pintor español Ramón Merino, gran artista (ex restaurador del Museo del Prado). Su estilo es puramente clásico. Hay en él más artesanía que «arte». Observa mis formas y se dedica a adivinarlas al natural (mentalmente). Me ofrece un empleo como ayudante-de restauraciones. La proposición me interesa por la calidad del trabajo. ¡Me encantaría saber pintar! Pero su pobre rostro me detiene. Es un hombre buenísimo, respetuoso y terriblemente tacaño. Se me ocurre que no debo aceptar.
Carlos escribe una segunda novela. Se desespera por conseguir un título de Escritor que le permita obtener fama y dinero. Apenas comienza a escribir ya calcula las posibilidades de edición que tendrá. Lo desprecio un poco por este aspecto. Pero en cierto modo, se justifica. Por todas partes hay obstáculos y dificultades. Carlos escribe maravillosamente. En otro tiempo, un hombre como él, se hubiese introducido en algún periódico o revista de modo de mantenerse en su medio, ganar dinero y no apartarse de lo que más desea. Es bastante duro trabajar ocho horas diarias en un negocio de marcos y luego extraer dificultosamente una o dos horas para dedicar a las letras. ¡Al diablo! ¡Por fin siento una injusticia cometi da contra alguien que no soy yo!
17: Me voy. Reviso los libros de los puestos del Cabildo. Compro cuatro.
17.30: Cruzo a la biblioteca.
18: Al café Bolívar. Leo. (Siento paz, mucha paz.) Entra una compañera. «Hago» para que me cuente de su vida. Llegan dos más (la amante de D. y su hermana). Esta hermana me interesa profundamente. L. (la amante de D.) dice que es muda (tiene veintitrés años). Yo lo creo. Se ríen. La chica dice algo. Es muy delgada. Usa anteojos oscuros. Cuando habla (muy raras veces) tuerce la boca hacia la izquierda. Me esfuerzo en infundirle simpatía, confianza. Le pregunto qué hace. Responde: «nada». Le digo: «lo mismo que yo». (Artimaña para establecer algún lazo de unión.) Permanece impávida. Come muy lentamente. Por fin, me cuenta que desea estudiar baile. La aliento. Me paga los dos cafés que tomé. Nos despedimos sonrientes. Se me ocurre que está muy mal (como decimos con R. «hace falta una ambulancia» que la lleve a lo de algún psiquiatra). ¡Pobrecita! Tiene rostro de bailarina que muere en escena.
19: Escuela de periodismo. Hay cierta rebelión debido al mal desarrollo de los programas. Me uno a ella. Le digo a un compañero que mañana me traeré un par de agujas de tejer y miraré la masacre que harán en la sala de profesores (sí. En ese momento veía nítidamente esas escenas de los films de la Rev. Francesa llenos de mujeres plebeyas vociferando enardecidas por la guillotina. Las que más me impresionan son esas mujeres tejiendo serenas y sonrientes).
21: Café Bolívar. Solamente D.
22: Vuelvo a casa. Encuentro a mi padre acostado a consecuencia de un ataque hepático que le dio esta tarde.
Noche singularmente serena. Las angustias se adormecen amodorradas por las frases de Leopardi. Las causas de los traumas que tejen mi neurosis son adornadas por el humo azul que excita espiritualmente mi alma. Hay una extraña luminosidad, como de ala de mariposa, que se adhiere finalmente a mi sensibilidad. Evoco las situaciones diurnas. ¡Ah, comienzo a amar las noches! Noches de invierno enmantadas por la niebla desconcertada.
En el Atelier había dos cuadritos confeccionados por los indios del Brasil. Los materiales empleados eran puramente naturales: alas de mariposas, plumas de diversas aves, raíces secas de algunas plantitas y semillas ajadas. Representaban paisajes de la selva. El colorido tenía un exotismo maravilloso. Sentí deseos de poseerlos.
C. Connolly
Luz de la mañana embebida en los ruidos cotidianos. Los ojos vueltos del sueño perciben asustados aún la Realidad que los sacude. Siento mi despertar como una adhesión de una hoja a «su» árbol, como mi volver a pegarme a la rama que me agitará arbitrariamente. Silencio de hoja matutina sin voz para sollozar la infamia de su inepcia. Silencio de tensión erguida en la sien del árbol. La hoja se agrieta al desmenuzar los días. El sueño lejano resuelve su espera en un rincón inhallable. Mis ojos que se agrandan confiados en el reconocimiento de los objetos cotidianos.
Despierto cansada y fría. La toma de posesión de una «libertad» exterior tan duramente lograda es triste. Pienso en mi vida condensada en un eterno intento de escudriñar mi yo. Libros y más libros. Hay momentos en que desaparece la esencia del libro, quedando solamente su ridículo cuerpecillo. Me veo entonces acariciando nebulosas hojas de papel y me pregunto si valen lo que una mirada humana. Me retuerzo en el interrogante axiológico. Pero ¡no necesito respuesta! Continúo leyendo; paulatinamente, desaparece el físico del libro. Me convierto en el receptáculo de su alma. (¡Oh, amo los libros!) Cada minuto que transita señala mi elevación.
Encuentro prodigioso con los momentos de mi vida. Hallo una continuidad confabulada para llevarme a la individualidad más estricta. Mis años aumentan en proporción a las lágrimas. Cada día agrega nuevas lágrimas a la síntesis de mi ser temporal. Lágrimas que son benéficas...
Pienso en mi neurosis. La odio porque no me permite pensar coherentemente. Acepto las angustias, extravagancias, sensaciones y explosiones más violentas pero... ¡a condición de meditar! No pido la lucidez de Descartes. ¡No! Quiero una ínfima cantidad de raciocinio que me permita decir ¡Alejandra, te estás engañando! ¡Quiero tener capacidad de elección! Se me ocurre que aún no debo comenzar la novela. Tiempo de madurar. Aún no rechazo íntegramente el mundo. Aún me aferró a los engaños gestadores de ilusiones fantásticas. Aún sopla en mí la optimista esperanza de hallar el puente transitable entre los límites y el infinito. Aún no tengo conciencia de la total impotencia del hombre. (O si la tengo, no me causa suficiente angustia.)
En busca del tiempo perdido, III (p. 277)
Aguante usted el ser calificada de nerviosa. Pertenece usted a esa familia magnífica y lamentable que es la sal de la tierra. Todo lo grande que conocemos nos viene de los nerviosos. Ellos y no otros son quienes han fundado las religiones y han compuesto las obras maestras. Jamás sabrá el mundo todo lo que se les debe, y sobre todo lo que han sufrido ellos para dárselo.
M. Proust
En una Biblioteca pública.
Acabo de hallar cuatro libros magníficos. Huelen a polvo y a magia. Adoro las viejas librerías. Lo que me deja consternada es la fecha de la impresión de los libros: Pensamientos de Pascal (1927). Diálogos de Leopardi (1931). Dostoievski por AndréGide (1935)... Es decir: ¡antes de mi nacimiento! ¡Cuando estaba en la nada!
Leo el diálogo entre «la naturaleza y el alma» de Leopardi. ¡Este hombre es un descubrimiento para mí! Me identifico totalmente con él. Y me rebelo con él. Siempre es el mismo interrogante: ¿de qué soy culpable?, ¿por qué este eterno sufrir?, ¿qué hice para recibir tanto golpe duro y malo?
SUMARIO 24 h.
9.45: Me despierto triste, relajada.
10: Leo a Proust.
11: Entra mi madre para comunicarme que la madre de Juan Arón ha muerto. (¿Por qué las madres de mis amigos o novios están muertas, mueren o son enfermas? Ej.: mi primer novio Raúl, cuya madre estaba enferma. Pedro, su madre murió. Luis, enferma de arterioesclerosis. J. A. murió.)
11.30: Almuerzo. Disensión con mi padre. Le noto histérico. Me complazco en agravar su malestar.
13: Sigo con Proust.
15: Es el Atelier. Espero a Arturo. Llega Raúl. Me besa emocionado de verme. Nos vamos a un café. Viene la hermana de Carlos (dieciocho años y ya está tramitando su divorcio. Le pregunto si está arrepentida de haberse casado. Responde que ¡ ¡siiií!! Me congratulo de mi renuncia matrimonial. Pero me gustaría tener como ella una experiencia tan interesante. Mi fervor desaparece enseguida. ¡Hay tanto que leer y escribir!). Simpatizamos enseguida. A veces me extraño de las simpatías que inspiro. ¿Cómo es posible? Pasa una joven muy hermosa. Raúl cuenta que es una prostituta a la cual teme, pues hace varios meses colaboró en el asesinato de un hombre y la policía le obligó a detallar sus «clientes». Felizmente, no lo nombró. Observo a Raúl. Sus ojeras violáceas infunden huellas viciosas en ese rostro infantil. Respira sexo y orgías sensuales.
Junto a mí, «la poetisa E A. P», desenvuelve su aspecto más limpio y conversa de libros y poemas. Está escribiendo una novela. Además estudia (entre suspiros) a Kant. Me admira que tenga tiempo para Volvemos al Atelier. Entra el pintor español Ramón Merino, gran artista (ex restaurador del Museo del Prado). Su estilo es puramente clásico. Hay en él más artesanía que «arte». Observa mis formas y se dedica a adivinarlas al natural (mentalmente). Me ofrece un empleo como ayudante-de restauraciones. La proposición me interesa por la calidad del trabajo. ¡Me encantaría saber pintar! Pero su pobre rostro me detiene. Es un hombre buenísimo, respetuoso y terriblemente tacaño. Se me ocurre que no debo aceptar.
Carlos escribe una segunda novela. Se desespera por conseguir un título de Escritor que le permita obtener fama y dinero. Apenas comienza a escribir ya calcula las posibilidades de edición que tendrá. Lo desprecio un poco por este aspecto. Pero en cierto modo, se justifica. Por todas partes hay obstáculos y dificultades. Carlos escribe maravillosamente. En otro tiempo, un hombre como él, se hubiese introducido en algún periódico o revista de modo de mantenerse en su medio, ganar dinero y no apartarse de lo que más desea. Es bastante duro trabajar ocho horas diarias en un negocio de marcos y luego extraer dificultosamente una o dos horas para dedicar a las letras. ¡Al diablo! ¡Por fin siento una injusticia cometi da contra alguien que no soy yo!
17: Me voy. Reviso los libros de los puestos del Cabildo. Compro cuatro.
17.30: Cruzo a la biblioteca.
18: Al café Bolívar. Leo. (Siento paz, mucha paz.) Entra una compañera. «Hago» para que me cuente de su vida. Llegan dos más (la amante de D. y su hermana). Esta hermana me interesa profundamente. L. (la amante de D.) dice que es muda (tiene veintitrés años). Yo lo creo. Se ríen. La chica dice algo. Es muy delgada. Usa anteojos oscuros. Cuando habla (muy raras veces) tuerce la boca hacia la izquierda. Me esfuerzo en infundirle simpatía, confianza. Le pregunto qué hace. Responde: «nada». Le digo: «lo mismo que yo». (Artimaña para establecer algún lazo de unión.) Permanece impávida. Come muy lentamente. Por fin, me cuenta que desea estudiar baile. La aliento. Me paga los dos cafés que tomé. Nos despedimos sonrientes. Se me ocurre que está muy mal (como decimos con R. «hace falta una ambulancia» que la lleve a lo de algún psiquiatra). ¡Pobrecita! Tiene rostro de bailarina que muere en escena.
19: Escuela de periodismo. Hay cierta rebelión debido al mal desarrollo de los programas. Me uno a ella. Le digo a un compañero que mañana me traeré un par de agujas de tejer y miraré la masacre que harán en la sala de profesores (sí. En ese momento veía nítidamente esas escenas de los films de la Rev. Francesa llenos de mujeres plebeyas vociferando enardecidas por la guillotina. Las que más me impresionan son esas mujeres tejiendo serenas y sonrientes).
21: Café Bolívar. Solamente D.
22: Vuelvo a casa. Encuentro a mi padre acostado a consecuencia de un ataque hepático que le dio esta tarde.
Noche singularmente serena. Las angustias se adormecen amodorradas por las frases de Leopardi. Las causas de los traumas que tejen mi neurosis son adornadas por el humo azul que excita espiritualmente mi alma. Hay una extraña luminosidad, como de ala de mariposa, que se adhiere finalmente a mi sensibilidad. Evoco las situaciones diurnas. ¡Ah, comienzo a amar las noches! Noches de invierno enmantadas por la niebla desconcertada.
En el Atelier había dos cuadritos confeccionados por los indios del Brasil. Los materiales empleados eran puramente naturales: alas de mariposas, plumas de diversas aves, raíces secas de algunas plantitas y semillas ajadas. Representaban paisajes de la selva. El colorido tenía un exotismo maravilloso. Sentí deseos de poseerlos.
28 de Julio de 1955
Ausencia vibrante. Galápagos molestos. Sombra del frío que se introduce a través de la cerradura de la ventana. La estufa muda y sonriente de sangre calurosa halaga mis medias. El humo choca con mis pestañas borroneando la luminosidad ilusoria. Un cruel nihilismo brinca sinuoso en mis espacios. Ruidos. Voces. ¿Y esto es la vida? Extrañeza patológica ante la impotencia afectiva. Algo que me construye mi futura ermita. ¡Quiero estar sola! ¡Quiero tiempo para estudiar!
Leo la Historia del surrealismo. Al llegar al capítulo dedicado al marxismo y a la situación social, económica, etc., de nuestra época, cierro violentamente el libro y lo guardo. Me horrorizo de mi falta de interés. ¡No puedo remediarlo! ¡Denme al Hombre, no a las masas!
Cada vez me atormenta más la incapacidad de hilar un pensamiento.
Mi actividad mental consta de un suceder de imágenes vertiginoso, recuerdos desordenados, palabras que se van en cuanto trato de apresarlas (como un ladrón huyendo del que sólo se ve el extremo del saco, al doblar una esquina). ¡Es desesperante! Trato de llegar a cierta coherencia pues no es posible seguir tan despegada de mí misma.
Me vienen deseos de leer el Discurso del Método. No creo poder terminarlo. Son las 16 h. Pongo por testigo a este cuadernillo para que verifique si tengo fuerzas para leer a Descartes. (Sonrío irónica. ¡Ejercicios de voluntad! «Y el hombre, ¡pobre!... ¡pobre!») Leo las tres primeras partes. A intervalos, descanso, pues el afán de concentración me fatiga. Admiro el estilo de Descartes. Su limpidez. Su orden. Su fortaleza. (Recuerdo que André dijo que el mejor remedio para la angustia es «leer el Discurso del Método». Me parece un disparate. A mí no me produce el menor efecto de cura; al contrario: sólo me da la medida de mi nulidad intelectual. Me agobia enrostrándome los «imposibles»).
Hermosa tarde invernal. Por oposición, la asocio con un cuadro de la «abuela Moses». (Me gustaría encontrar la raíz de esta asociación: los cuadros de la a. M. los vi en un film de corto metraje proyectado en la primera reunión que realizó Letra y Línea. Ese día fue intenso. Bebí excesivamente. Bañé «excesivamente» con P. Luego ese tango que tarareaba Ceselli5 «así era ella igual que una flor». (Luego soñé con este verso.) Esperaba la presencia de O., pero no vino. ¡Al diablo! Ese día sufría por su ausencia. Ahora también. ¿Será esto el motivo del recuerdo de unos cuadros soleados y calurosos en este día tan Bienestar invernal? El frío renace en cuanto me alejo de la estufa. Se me ocurre pensar en los seres que habitan esas casas horrendas que observo apasionadamente cuando viajo en los ómnibus que pasan por Dock Sud o La Boca. Casas resignadas, desamuebladas por la tristeza, que huelen a vicio y suciedad. Me estremezco al pensar en el frío que debe reinar en los cuartillos oscuros, en el jardín desolado. Luego, paseo mi percepción por mi cuarto, tan confortable y tierno. Mis ojos besan cada figura. Mis ojos, mis labios, mis oídos. Todos mis sentidos unidos y confabulados para hacer de mí un receptáculo sensorial. ¿Y mi razón? ¿Y mi pensar?
¡Desesperada! Acá, acostada en el coloreado diván, a la sombra de la tarde que se va. Mi ropa causaría trágica envidia a cualquier muchacha de las caves de Saint-Germain: pollera de abrigadísimo paño verde con el «cierre» roto; pullover enorme de marino, campera desteñida y rota que aspira tener color celeste, y unas medias de lana verde con adornos marrones; a mis pies están los zapatos, felices en su negrura y modelo como esos «mocasines» que llevan los jugadores de base-ball yankies. Me gustan mucho... Detengo el examen de mi vestimenta y trato de abrirme paso al interior ¡desesperada! ¡Efímeramente desesperada! (¡No pude terminar el Discurso del Métodol)
21 h. No hago nada. ¡No sé qué hacer! Estoy cansada. Muy cansada. Hoy no haré el sumario del empleo de mis horas diurnas. No hay qué decir, salvo que adelanté en mi diagnóstico. Ya aprendí cabalmente que soy distinta de la mayoría de la gente. Que ellos piensan y yo no porque no puedo, porque me ocurre algo, porque estoy enferma. Sí. Estoy enferma. Me pregunto si a todos los neuróticos les ocurre lo mismo. De pronto me admiro de todo lo que hice. De mis papeles. Algún día van a estar en el museo (de algún Instituto Psiquiátrico.) A su lado habrá un cartel: Poemas de una enferma de diecinueve años. Imposibilidad de razonar. Nunca meditó. Jamás reflexionó. Ninguna vez pensó. Parece ser que es sensible. Propensión a considerarse genial. Agresiva. Acomplejada. Viciosa. No muerde.
Tinta. Mi único consuelo. Así se sigue, Alejandra. Así se sigue. La estufa hace ruido. Un perro ladra. «Nunca se sabe de donde vienen los ruidos» (Proust). Así se sigue. A la deriva. Estrellarse. ¡Bah! ¡No hay qué estrellar! Pongo la pluma en el papel. (Te presento a una joven poetisa: F. A. P6) Ya pertenezco a mi tiempo, vive le pére UBU!
«Poemas para leer en el bidet.»
¡Adoro mi poesía! ¡Es la única que me gusta! Imitando la de Vallejo, en la que se nota mis influencias de la primera época (año 1930) ¿Qué hacía yo en 1930? ¡Estaba en la nada! ¿Y en el 2930? ¡En la nada! ¿Y en 1955? ¡En la nada! ¡ ¡En la nada!!
5. Juan José Ceselli, poeta argentino contemporáneo.
6. Flora Alejandra Pizarnik. En estos años juveniles, A. P. usó su nom-bre completo como nombre de pluma.
Leo la Historia del surrealismo. Al llegar al capítulo dedicado al marxismo y a la situación social, económica, etc., de nuestra época, cierro violentamente el libro y lo guardo. Me horrorizo de mi falta de interés. ¡No puedo remediarlo! ¡Denme al Hombre, no a las masas!
Cada vez me atormenta más la incapacidad de hilar un pensamiento.
Mi actividad mental consta de un suceder de imágenes vertiginoso, recuerdos desordenados, palabras que se van en cuanto trato de apresarlas (como un ladrón huyendo del que sólo se ve el extremo del saco, al doblar una esquina). ¡Es desesperante! Trato de llegar a cierta coherencia pues no es posible seguir tan despegada de mí misma.
Me vienen deseos de leer el Discurso del Método. No creo poder terminarlo. Son las 16 h. Pongo por testigo a este cuadernillo para que verifique si tengo fuerzas para leer a Descartes. (Sonrío irónica. ¡Ejercicios de voluntad! «Y el hombre, ¡pobre!... ¡pobre!») Leo las tres primeras partes. A intervalos, descanso, pues el afán de concentración me fatiga. Admiro el estilo de Descartes. Su limpidez. Su orden. Su fortaleza. (Recuerdo que André dijo que el mejor remedio para la angustia es «leer el Discurso del Método». Me parece un disparate. A mí no me produce el menor efecto de cura; al contrario: sólo me da la medida de mi nulidad intelectual. Me agobia enrostrándome los «imposibles»).
Hermosa tarde invernal. Por oposición, la asocio con un cuadro de la «abuela Moses». (Me gustaría encontrar la raíz de esta asociación: los cuadros de la a. M. los vi en un film de corto metraje proyectado en la primera reunión que realizó Letra y Línea. Ese día fue intenso. Bebí excesivamente. Bañé «excesivamente» con P. Luego ese tango que tarareaba Ceselli5 «así era ella igual que una flor». (Luego soñé con este verso.) Esperaba la presencia de O., pero no vino. ¡Al diablo! Ese día sufría por su ausencia. Ahora también. ¿Será esto el motivo del recuerdo de unos cuadros soleados y calurosos en este día tan Bienestar invernal? El frío renace en cuanto me alejo de la estufa. Se me ocurre pensar en los seres que habitan esas casas horrendas que observo apasionadamente cuando viajo en los ómnibus que pasan por Dock Sud o La Boca. Casas resignadas, desamuebladas por la tristeza, que huelen a vicio y suciedad. Me estremezco al pensar en el frío que debe reinar en los cuartillos oscuros, en el jardín desolado. Luego, paseo mi percepción por mi cuarto, tan confortable y tierno. Mis ojos besan cada figura. Mis ojos, mis labios, mis oídos. Todos mis sentidos unidos y confabulados para hacer de mí un receptáculo sensorial. ¿Y mi razón? ¿Y mi pensar?
¡Desesperada! Acá, acostada en el coloreado diván, a la sombra de la tarde que se va. Mi ropa causaría trágica envidia a cualquier muchacha de las caves de Saint-Germain: pollera de abrigadísimo paño verde con el «cierre» roto; pullover enorme de marino, campera desteñida y rota que aspira tener color celeste, y unas medias de lana verde con adornos marrones; a mis pies están los zapatos, felices en su negrura y modelo como esos «mocasines» que llevan los jugadores de base-ball yankies. Me gustan mucho... Detengo el examen de mi vestimenta y trato de abrirme paso al interior ¡desesperada! ¡Efímeramente desesperada! (¡No pude terminar el Discurso del Métodol)
21 h. No hago nada. ¡No sé qué hacer! Estoy cansada. Muy cansada. Hoy no haré el sumario del empleo de mis horas diurnas. No hay qué decir, salvo que adelanté en mi diagnóstico. Ya aprendí cabalmente que soy distinta de la mayoría de la gente. Que ellos piensan y yo no porque no puedo, porque me ocurre algo, porque estoy enferma. Sí. Estoy enferma. Me pregunto si a todos los neuróticos les ocurre lo mismo. De pronto me admiro de todo lo que hice. De mis papeles. Algún día van a estar en el museo (de algún Instituto Psiquiátrico.) A su lado habrá un cartel: Poemas de una enferma de diecinueve años. Imposibilidad de razonar. Nunca meditó. Jamás reflexionó. Ninguna vez pensó. Parece ser que es sensible. Propensión a considerarse genial. Agresiva. Acomplejada. Viciosa. No muerde.
Tinta. Mi único consuelo. Así se sigue, Alejandra. Así se sigue. La estufa hace ruido. Un perro ladra. «Nunca se sabe de donde vienen los ruidos» (Proust). Así se sigue. A la deriva. Estrellarse. ¡Bah! ¡No hay qué estrellar! Pongo la pluma en el papel. (Te presento a una joven poetisa: F. A. P6) Ya pertenezco a mi tiempo, vive le pére UBU!
«Poemas para leer en el bidet.»
¡Adoro mi poesía! ¡Es la única que me gusta! Imitando la de Vallejo, en la que se nota mis influencias de la primera época (año 1930) ¿Qué hacía yo en 1930? ¡Estaba en la nada! ¿Y en el 2930? ¡En la nada! ¿Y en 1955? ¡En la nada! ¡ ¡En la nada!!
5. Juan José Ceselli, poeta argentino contemporáneo.
6. Flora Alejandra Pizarnik. En estos años juveniles, A. P. usó su nom-bre completo como nombre de pluma.
26 de Julio de 1955
Disponer los días como frente a un tablero de ajedrez. Mañana. (Veo un espacio blanco. Una pantalla clara.) ¡Al diablo! Empecé a mezclar. Proust con Jaspers y poemas de Apol-linaire, G. Lorca, Rimbaud, Vallejo (los que encuentro en la gramática: Borges [¡terribles!], Ascasubi, G. Mistral, etc.), además, la traducción de Aphrodite de P. Louys y las ojeadas frecuentes al Segundo Sexo. Cocktail biblius. Rematadamente confusa. Promiscua. Deseos de escribir como James Joyce embriagado. De pronto me enderezo y corro a la gramática (¡vive Azorín!). Luego vuelvo al surrealismo (tomo el lápiz que me regaló Cassio para llegar a la escritura automática). ¡No! He de ser seria. {Ex demimondaine.)
25 julio de 1955
Ojeolos apuntes de Filosofía. Sólo me interesan los párrafos dedicados al Ser. Pasan oleadas de euforia. (¡Quiero estudiar!) Sé que a Él4 le agradaría que yo siga estudiando. Toco mi cabeza. La siento obstaculizada. Agonizo de deseos de seguir estudiando. Estoy segura que al elegir la facultad, dos años antes, elegí bien. Pero ¡no puedo! Si comenzara de nuevo y abandonara, entonces sería terrible. ¿Más terrible que ahora? ¡Sí! No veo nada. Sé que mi espontaneidad está languideciendo. Ya pasa la época en que mis poemas sean estimados dada mi juventud. Llega el momento de decir algo. Y para «decir algo» tengo que «saber algo». Y yo no sé nada. ¡Tengo que estudiar! ¡Quiero estudiar! ¡Pero temo estudiar en la facultad! Me gusta estudiar sola, sin método, sin programa...
¡No quiero viajar! Me imagino en París y no me gusta. Veo «cerrado». Pero menos me gusta estar acá...
4. «Él» es su amor platónico de entonces.
¡No quiero viajar! Me imagino en París y no me gusta. Veo «cerrado». Pero menos me gusta estar acá...
4. «Él» es su amor platónico de entonces.
24 de Julio de 1955
Abro mis brazos haciendo una reverencia al vacío. Libros... ¡aj, qué azco! [sic]. Escribir (eso, para los locos). Mi madre quiere enviarme por un año a Israel (su intuición siempre al día: a los doce años fui sionista). Así, volveré seria y renovada.
¡Madre y el psicoanálisis!
¡Maldito! ¡Todo me llega fuera de hora! Estoy segura que dentro de diez o quince años, mi madre va a querer que me psicoanalíce siete veces por semana. Pero ¡creo que ya voy a estar muerta! Planes. ¿Para qué? No pienso escribir jamás nada. Ni leer. Quizás comience a comprar libros bien encuadernados, para regocijarme por el color de las tapas.
¡Madre y el psicoanálisis!
¡Maldito! ¡Todo me llega fuera de hora! Estoy segura que dentro de diez o quince años, mi madre va a querer que me psicoanalíce siete veces por semana. Pero ¡creo que ya voy a estar muerta! Planes. ¿Para qué? No pienso escribir jamás nada. Ni leer. Quizás comience a comprar libros bien encuadernados, para regocijarme por el color de las tapas.
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